No existen en el Ecuador todavía universidades especializadas en periodismo deportivo. Pero revista ESTADIO es una de ellas sin necesidad de tener el aval académico que la certifique como tal. Periodistas del más alto nivel ético y profesional han surgido de sus salas de redacción en 50 años.
Esa es una sublime tradición que honramos quienes hoy tenemos el orgullo y el privilegio de ser parte de ESTADIO. No la vimos nacer, allá por 1962. Pero aprendimos a amarla y sentirla propia desde siempre. Al colgar un póster de Spencer o Maradona en la pared. Al leer por horas y en repetidas ocasiones las historias de nuestros héroes deportivos y equipos favoritos. Al guardar, prolijamente, en un rincón del alma y de la casa, todas las ediciones con paciencia de artesano y dedicación de coleccionista.
Así se fue forjando un vínculo emocional que más tarde se convertiría en profesional. Sin dejar de lado jamás ese sentido inalterable de identidad, similar al que siente un futbolista amateur por la escuela formativa que lo cobijó y lo vio crecer.
Ahora que celebramos el cincuentenario de fundación, renovamos un compromiso moral con nuestros lectores para seguir brindándoles un periodismo responsable, ético y moderno, acorde a los tiempos y su dinámica.
Estamos conscientes que es la era de la tecnología y la inmediatez. Por eso cubrimos con eficiencia y eficacia esas áreas también. Pero sin olvidar jamás que ESTADIO tiene alma de papel. Porque no hay aroma más encantador para un buen lector que el de la tinta sobre el papel. Así como no hay periodismo independiente sin libertad de pensamiento, objetividad, investigación y análisis profundo. En ESTADIO nos esforzamos día a día para que lo uno y lo otro confluyan en un todo.
Seguiremos constantes y sin desmayos enarbolando la bandera del trabajo y la humildad. Así se alcanza la gloria. Esa es una lección que hemos aprendido de nuestros grandes maestros: los deportistas. Al fin y al cabo, son ellos los que han escrito en estos 50 años las páginas doradas del deporte ecuatoriano. Nosotros, apenas las plasmamos. Y con una dosis interminable de amor, las llevamos hasta sus manos.
Gracias por permanecer imperecederamente a nuestro lado. ¡Feliz cincuentenario!